JUAN ANTONIO DE ZUNZUNEGUI POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
JUAN ANTONIO DE ZUNZUNEGUI
(1901-1982).
“Yo quise subir al cielo
por la escala del amor,
y me faltó la constancia
que es el último escalón.”
Juan Antonio de Zunzunegui.
LA VOZ DE UN NOVELISTA PROFUNDAMENTE HUMANO
El acierto de Zunzunegui ha consistido en unir dos propuestas literarias que necesitaban enlace: la concepción galdosiana, completa de argumento y organización interna, y la narrativa vivaz y directa de Baroja. Discípulo de su paisano, con el seudónimo de “Zalacaín” firmaba Juan Antonio sus primeros cuentos, cuando además de estudiar observaba con amor hombres y paisajes de su tierra. La excepción observadora era sobre todo “de bonhomía”. Y eso es lo que hace tan humano el modo de narrar de Zunzunegui. Se trata de un “cinismo de bonhomía” muy norteño, muy vasco. Cuenta él que su madre -que de muchacho no le dejaba leer El Liberal de Prieto- se lamentaba de la traza moral de muchos de sus personajes, a lo que el bueno de Juan Antonio tenía que responder que la vida era así; y que se le iba hacer. Pero este novelista no era ya el naturalista tardío; ni el autor de relatos galantes, sino el escritor riguroso que no se para en barras para comunicar vida, vida intensa, verosimilitud reconocible de inmediato en los personajes del pueblo vasco salidos de su siempre encendida imaginación. Zunzunegui es la imagen típica del escritor regular, con una gran capacidad fabuladora.
La galería de personajes vivos es tan rica, tan representativa de las ilusiones y desdichas de su pueblo, que forman una nueva Comedia Humana, aspiración evidente de Zunzunegui -buen lector de Balzac-, logro que no podría alcanzar ni entregándose a la facilidad ni dándose a las técnicas y novedades.
Juan Antonio de Zunzunegui y Loredo nace en Portugalete (Vizcaya) el 21 de diciembre de 1901. Cursa Derecho y Filosofía y Letras en Deusto y Salamanca, donde fue discípulo de Unamuno, y se dedica, después de unos años a los negocios, exclusivamente a la literatura. En 1926 publica Vida y paisaje de Bilbao y de 1931 es otra obra, Chiripi, historia de un desafortunado jugador de fútbol, que constituye el primer paso hacia la novela grande.
Tres en una, o la dichosa honra, colección de novelas cortas, publicada en 1935, muestran ya una personalidad original en el novelista vasco, que ahonda en las costumbres de su tierra. Aparece ya, en 1940, El Chiplichandle, extensa novela, apellidada por el autor “acción picaresca” y que supone la vuelta plena a la tradición picaresca en ambiente y técnica de gran actualidad. Sigue El hombre que iba para estatua (1942), una de las narraciones más ingeniosas del novelista de la fantasía sobre lo real, la originalidad, la sátira y la ironía. Entrambasaguas llamó a El hombre que iba para estatua “la más alambicada elegancia del humorismo” del autor y el triunfo de la “lógica de lo inverosímil”. Una vez más, Zunzunegui une en su novela el realismo de ambiente y expresión a la evasión más desenfrenadamente idealista. La parábola poemática la representa, en esta colección, El charco y la fuente. Estas fantasías de poesía cerebral en prosa tienen un remoto parentesco con las fábulas mecánicas del también vasco, Ramón de Basterra, a quien llamó Juan Ramón Jiménez, “Napoleón poético”.
“La maravilla -decía Zunzunegui en su ensayo sobre Bontempellli- se puede obtener por dos caminos: descubriendo las leyes de las cosas (el niño cuando descubre que de los árboles despuntan las flores) y cuando la imaginación se arriesga en mezclar y subvertir las leyes descubiertas: hacer caminar a los árboles”.
Con la novela ¡Ay..., estos hijos! obtuvo el premio Fastenrath de la Real Academia, y ha sido considerada una de las obras culminantes de Zunzunegui, por su horizonte y por el gran desfile coordinado de tierras y figuras humanas. Magnífica de humor, dramatismo y ambiente es la novela El barco de la muerte.
Zunzunegui deriva a un pleno realismo que pudiéramos llamar neogaldosiano en un tipo de novela extensa. En dos de estas narraciones nos presenta una poderosa sátira social en una de sus mejores novelas amplias, La quiebra, y en su novela de humor, La úlcera, con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura de 1948. Poco después publica otra impresionante novela Las ratas del barco.
En El supremo bien (1951), comienza lo que llamó Gaspar Gómez de la Serna, “flota de novelas de gran tonelaje” de Zunzunegui, en que el realismo humano es lo esencial. Sigue otra honda novela, Esta oscura desbandada, y otras muchas, La vida como es, El hijo hecho contrata, El camión justiciero, Los caminos del Señor, El mundo sigue, El premio... La última obra lanzada a su ría y mar, por Zunzunegui, es La frontera delgada, frontera entre la vida y la muerte. En 1960 ocupa el sillón dejado por Pío Baroja en la Real Academia de la Lengua. Juan Antonio de Zunzunegui muere en Madrid el 31 de mayo de 1982.
Quizá su obra más representativa sea Esta oscura desbandada –aunque algún crítico ha señalado como más afortunada El supremo bien-, amarga historia donde corren parejos la descomposición burguesa en los años del hambre de la posguerra y el retrato de las muchas formas de picaresca derivadas de las necesidades de la época. Hay que señalar también que en el libro, Zunzunegui insiste tanto en el tema de la descomposición económica como en el de la moral, adquiriendo ésta un gran relieve.
Su inmensa flota de novelas navega en su mar de humanidad y entre olas de ironía y humorismo. Y como dijo nuestro autor: “Canto del mar, canté del mar que tuve; / canción: tú me has dejado lo que digo”:
Francisco Arias Solis
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En Navidad,
Paz y Libertad.
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Gracias.

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